La ballena jorobada, uno de los cetáceos más grandes, con un promedio de 15-19 metros de largo, hace una de las migraciones más largas del planeta. Anualmente recorre alrededor de 17 mil kilómetros para buscar alimento en verano, cerca de la península antártica, reproducirse en el Pacífico colombiano y en el archipiélago de las Perlas en Panamá, para después regresar al punto de partida.

Las rutas por las que estos cetáceos se mueven a través de los trópicos y las aguas polares a través de las costas de más de 28 países han sido denominadas “corredores azules”, y representan hábitats críticos que hay que proteger para conservarlas a ellas, pero también al resto de la megafauna marina que transita por ahí como las tortugas, aves, tiburones, delfines, marsopas y rayas. Estas especies representan el punto más alto de las cadenas tróficas, es decir, de la cadena alimentaria que hay entre ellas. Por ello, si protegemos los corredores azules por los que transitan las ballenas, estamos protegiendo el resto de la cadena que depende de ellas, de acuerdo con un texto publicado por la ONG WWF.

El rol de las ballenas en los océanos

Las ballenas son una de las especies marinas más icónicas e inspiradoras. Pero más allá de su imponente aspecto, desempeñan un rol esencial en la salud de los océanos, y por extensión, en la de todo el planeta. Con sus migraciones de más de miles de kilómetros, contribuyen a fertilizar los ecosistemas marinos que mueven, manteniendo así la vida marina que allí habita. Además, tienen un rol significativo en la captura de carbono.

Sus heces impulsan la producción de fitoplancton, el cual captura el 40% de todo el dióxido de carbono que se produce a nivel global, y genera más de la mitad del oxígeno de la atmósfera. A su vez, cuando estas mueren, se hunden hasta el fondo del mar y se llevan consigo altas cantidades de carbono contenidas por fuera en la atmósfera. Por ello, se estima que una ballena captura la misma cantidad de carbono en toda su vida que lo que capturan miles de árboles.

Debido a estas múltiples funciones que cumplen, las ballenas son consideradas especies sombrilla, es decir, especies que requieren de grandes extensiones de área para subsistir de manera natural y funcionan como un canal para la conservación de todo el ecosistema asociado: si la especie está bien, se asegura con ello que su entorno tiene buena salud.

Sin embargo, están altamente amenazadas. Según la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN, por sus siglas en inglés), seis de las 13 especies de ballenas grandes están clasificadas en peligro de extinción o en estado vulnerable. Esto se debe a actividades humanas y fenómenos derivados de ellas como la sobrepesca, el cambio climático, la contaminación marina, el enmallamiento con las embarcaciones pesqueras, las colisiones con los buques que transitan las rutas navieras y, además, el ruido que éstas generan.

Por ello es importante proteger los corredores azules de estas amenazas, pues las especies que allí habitan, como las ballenas, cumplen distintos roles en el complejo sistema que conforma la vida en la Tierra.

Los corredores azules van más allá de las fronteras

A nivel mundial existen diversas rutas migratorias en el océano, que van desde el Estrecho de Bering que conecta el Ártico al Océano Pacífico o el corredor del Pacífico Oriental de América Latina, hasta la Península Antártica en el extremo sur. Solo en el corredor azul del Pacífico Oriental, que va desde México y América Central hasta el extremo sur de Chile, transitan alrededor de 30 especies, de las cuales tal vez las más reconocidas son la ballena azul y las ballenas jorobadas, también llamadas Yubartas.

Pero, más que rutas, detrás de la noción de “corredor” hay todo un enfoque que enfatiza en la conectividad que existe entre los ecosistemas más allá de las fronteras jurídicas que separan las aguas marinas en jurisdicciones nacionales e internacionales. Como señala Luis Zapata, Coordinador Marino Costero de WWF, “dado que los corredores azules pueden tener la connotación de costeros u oceánicos, dependiendo de la ruta utilizada por la especie, todos están de una u otra forma conectados con diversos ecosistemas.”

Los corredores azules parten entonces de una práctica ampliamente usada en iniciativas de conservación en otros ecosistemas conocida como “conservación conectiva”. Según el informe de WWF “Protegiendo los corredores azules”, este enfoque reconoce que las especies sobreviven y se adaptan mejor cuando sus hábitats son manejados y protegidos como redes amplias e interconectadas.

Así que para proteger a las ballenas y con ello, los múltiples servicios ecosistémicos que proveen, es necesario apoyar iniciativas que fortalezcan la acción conjunta de los diversos países que conforman los corredores azules (que vayan más allá de las fronteras que los humanos hemos trazado). Uno de los esfuerzos más destacados de la región es el “Proyecto Corredor Azul del Pacífico” liderado por WWF, que busca explorar las rutas que las ballenas recorren para dar recomendaciones a los gobiernos e industrias que operan en esas zonas.

En el mundo hay más de 80 especies de cetáceos entre ballenas, delfines y marsopas. La ballena franca, la ballena gris y la ballena azul, son solo algunas de las más destacadas.

Las redes fantasmas son la forma más letal de plástico marino, ya que capturan a la vida silvestre de manera no selectiva, enredando a peces, aves y mamíferos marinos, según WWF.

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