En el departamento de Putumayo, a cuatro horas en bote del corregimiento La Tagua, sobre el Río Caquetá, se encuentra el cabildo Umancia. Aunque en los mapas no se encuentra su ubicación, la historia de este cabildo indígena comenzó en el año 2000. Según recuerda la misma comunidad, a Umancia llegó el abuelo Koregɨ Amena, con su esposa y su sobrina.

El territorio eran unos potreros que habían dejado los colonos, pero por su cercanía a Puerto Leguízamo era un sitio estratégico para establecerse y echar raíces. Para continuar con su legado familiar de maloquero. Koregɨ, quien se aprecia cantando por los caminos que recorre, necesitaría la ayuda de sus familiares para construir su maloca, ese sitio necesario para asentar un pueblo, guiar a sus hijos y completar la carrera ceremonial de fruta o yuakɨ, la cual está ligada principalmente a la producción y la abundancia y, además, está dada a todo el linaje familiar.

Cinco años después, la comunidad vivió otro momento importante cuando el abuelo y su familia construyeron el centro educativo Eño Monaya Jɨto. Allí aún acuden las y los estudiantes locales y de otros cabildos de la zona para recibir su formación hasta el grado noveno.

El trabajo del abuelo ha sido arduo, sobre todo después del fallecimiento de su esposa. La mujer en el pueblo Murui, es quien pone la palabra dulce y así la pareja se complementa mutuamente. Por esto, para un indígena de esta comunidad es complicado desarrollar su carrera y liderar la comunidad sin el apoyo y espíritu femenino de la esposa. Así, en Umancia, hombres, mujeres y niños, acogidos por el amor, paciencia, alegría y tranquilidad que siempre han caracterizado al abuelo Koregɨ, han sido el soporte para seguir construyendo su historia de la mano del territorio que comparten.

Hoy en Umancia habitan más de 200 indígenas de diferentes clanes, que en su mayoría hablan el idioma mɨnɨka, son familiares del abuelo Koregɨ o de su descendencia y han llegado allí por diferentes causas como buscar mejores condiciones de vida, o simplemente para estar más cerca de su familia. Es un cabildo reconocido por su trabajo comunitario, por su organización administrativa y fuerte arraigo cultural.

Estas características han hecho posible que organizaciones como WWF Colombia, desde hace seis años, apoye uno de los procesos más auténticos para esta comunidad indígena: su proceso de investigación propia. Éste partió de su propia iniciativa y se desarrolla principalmente para el beneficio de la comunidad, como lo cuenta Abraham López, uno de los monitores e investigadores locales, quien añade “¿Si muchos nos han investigado, por qué nosotros no nos podemos investigar?”.

Las poblaciones indígenas en Colombia habitan un territorio, obtienen sus recursos, lo disfrutan, pero también lo sufren. Son quienes a través de su interacción con el mismo, lo protegen y conservan. Sin embargo, hay sitios que no han caminado, dificultando determinar hasta dónde llega su manejo territorial. Justamente, esta inquietud los llevó a comenzar el proceso de investigación propia con el apoyo de WWF y conformaron un equipo al que llamaron Eroinano (que en su idioma significa monitorear y observar). 15 monitores, entre ellos los abuelos sabedores, han venido aprendiendo sobre cámaras trampa, uso de GPS, cartografía y han llegado a sitios donde antes no habían accedido.

Todo este proceso lo han hecho chupando ambil y mambeando, noche tras noche, lo que les va arrojando el monitoreo. Para quienes no nos relacionamos con esta cultura, mambear (consumo ritual de la hoja de coca) y chupar ambil (el zumo que se obtiene del tabaco) son prácticas propias del pueblo Murui con las que recogen y apoyan su pensamiento en la maloca y en su vida diaria, dándole una intención a todas sus actividades. Así, el grupo logró plasmar sus historias y saberes en el libro “Eroinano”, publicado en 2019. Allí nos contaron, en mɨnɨka y español, las historias de los mamíferos más importantes para ellos como la danta, la boruga o los puercos de monte, pues son algunos de los que hacen parte de su dieta alimenticia.

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