José Noé Rojas dedicó prácticamente la mitad de su vida a las labores de ganadería y pastoreo en el departamento del Guaviare. Hace 28 años, este boyacense decidió radicarse en la región amazónica en busca de nuevas oportunidades, y las encontró en sus terrenos fértiles, extensos y biodiversos.

Más temprano que tarde, don José Noé echó raíces y, ya casado y con hijos guaviarenses, compró la finca La Florida, a 90 minutos por tierra desde San José del Guaviare. “Un terreno de 135 hectáreas que tiene un tesoro como patio trasero: Cerro Pinturas”, como él mismo la define.

El contexto de conflicto armado de la época y la ausencia de conciencia ambiental hicieron que los cultivos ilícitos y la ganadería extensiva fueran las únicas alternativas productivas para don José Noé en el pasado, así como también lo fue para muchas otras fincas ubicadas en la Serranía de La Lindosa, el paraje montañoso de la Amazonía colombiana más conocido por su gran acervo cultural (cuenta con pictogramas hechos por comunidades indígenas hace más de 1000 años) y sus maravillas naturales.

No obstante, decidido a apostarle a la legalidad, este labriego se acogió al programa gubernamental de sustitución de cultivos; además de sus vacas, pasó a contar con sembradíos que dieron una muy buena cosecha, pero que no le dejaron ganancias debido al alto costo de transporte al llevarlos al mercado local.

En la dificultad yace la oportunidad

En aquellos días difíciles, el consuelo de la familia Rojas era charlar con los vecinos y los pocos viajeros que se acercaban a su predio para visitar los más de 1200 metros cuadrados de pictogramas que existen en Cerro Pinturas.

Denominado por muchos como “una ventana al pasado”, en las “avenidas de roca” de Cerro Pinturas hay varios paneles que representan escenas de caza, animales, alimentos, batallas, danzas y ceremonias de las comunidades indígenas que allí habitaron.

A su vez, es un lugar lleno de historia escondido en el corazón del bosque amazónico, cuyas formaciones rocosas o ‘tepuyes’ son de las más antiguas del mundo.

De acuerdo con la Universidad Nacional, los pictogramas tienen entre 1.000 y 12.000 años, y pertenecen a los carijonas y guayaberos, pueblos indígenas amazónicos, seminómadas, guerreros, cazadores y recolectores, de los que sobreviven muy pocos en los departamentos de Caquetá, Guaviare y Amazonas.

Conscientes de estas maravillas, la familia Rojas decidió abrirles las puertas a diferentes expertos, quienes por años le “pusieron cuidado”, como dice don José Noé, al arte rupestre que existe en las cercanías de la finca La Florida, dado que es un patrimonio cultural único y muy valioso.

Pero todo no quedó allí. El potencial turístico de La Florida fue bien aprovechado por la familia Rojas y, juntos, crearon un proyecto sostenible y bien estructurado, el cual atrae a cada vez más personas a una zona cuyo flujo de turistas se ha incrementado desde la firma del proceso de paz con las Farc.

En la misma línea, cabe destacar que en el año 2018 el Instituto Colombiano de Antropología e Historia (Icanh) declaró 893 hectáreas de la Serranía de La Lindosa como Área Arqueológica Protegida de Colombia, incluyendo las veredas Cerro Azul, Nuevo Tolima, La Pizarra y Raudal del Guayabero.

Turismo como sustento

Hoy, esta familia está comprometida con una alternativa productiva en la cual no solo se permite a los turistas adentrarse en la espesa naturaleza y conocer el basto patrimonio cultural de la Serranía de La Lindosa, sino que es un proyecto turístico que próximamente empezará a ofrecer servicios de alojamiento, alimentación y guía.

“Una de las decisiones más importantes que hemos tomado como familia fue sacar las vacas del predio hace ocho años y no volver a tumbar un solo árbol. Nos dimos cuenta de que la ganadería deteriora la tierra y de que los suelos dejan de ser productivos; además, en ese momento notamos que los nacimientos de agua que estaban cerca de la finca se estaban secando, por esto decidimos comprometernos con el medioambiente”, afirmó don José Noé respecto a su cambio de visión y la conciencia que tomó él y su familia en relación con el cambio climático.

Hoy, ya son 15 las familias que viven del turismo en la vereda Cerro Azul y que pertenecen a Corpolindosa, una organización comunitaria que agremia a 82 familias en la Serranía de La Lindosa, que decidieron apostarle al turismo comunitario.

Estas familias están comprometidas con el cumplimiento de los acuerdos de conservación de 4649 hectáreas de bosque que han firmado con el programa Visión Amazonía, del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible.

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