Un estudio revela el papel clave del paisaje en las emisiones de metano de los ríos y arroyos y concluye que la cantidad de metano que sale de los ríos depende poco de la temperatura del agua y mucho de las características del entorno.

El estudio, “Global methane emisiones from rivers and streams”, lo publica la revista Nature, ha informado este viernes el Centro de Estudios Avanzados de Blanes-CSIC. Uno de los investigadores posdoctorales de ese centro y de la Universidad de Ciencias Agrícolas de Suecia, Gerard Rocher-Ros, es el autor principal del estudio.

Los ecosistemas de agua dulce representan aproximadamente la mitad de las emisiones globales de metano, un potente gas de efecto invernadero que es el segundo componente responsable del calentamiento global, después del dióxido de carbono.

Los ríos y arroyos emiten cantidades sustanciales, pero hasta el momento ha habido poca documentación sobre las tasas de estas emisiones a escala global, los mecanismos que las controlan y los patrones que siguen.

Un equipo internacional de investigadores recopiló y analizó todos los datos publicados sobre concentraciones y emisiones de metano en ríos y arroyos, compilando más de 20.000 datos de concentraciones de metano.

A continuación, utilizando la información obtenida junto con datos hidrológicos de alta resolución, que capturan el movimiento y la distribución del agua, utilizaron modelos de ‘machine learning’ para predecir emisiones de metano a todos los ríos del mundo.

El equipo de investigación vio que las emisiones de este gas en zonas tropicales son similares a las de ríos mucho más fríos incluso de la tundra ártica y concluyó que, a diferencia de otros sistemas acuáticos (como los lagos), las emisiones de metano en ríos dependen menos de factores internos como la temperatura del agua.

En cambio, están muy influenciadas por las características del paisaje que les rodea, por las conexiones tierra-agua.

Las emisiones son más altas cuando ríos y arroyos drenan terrenos ricos en materia orgánica y escasos en oxígeno (una escasez que favorece a las bacterias que producen metano mientras descomponen la materia orgánica).

En las zonas de humedales, así como en los hábitats muy modificados por las personas, suelen generarse estas condiciones.

“Los seres humanos modificamos activamente las redes fluviales en todo el mundo y, en general, estos cambios parecen favorecer las emisiones de metano”, explica Gerard Rocher-Ros.

Entornos muy modificados como los arroyos cerrados que drenan campos agrícolas, los ríos bajo plantas de tratamiento de aguas residuales o los canales urbanos también suelen generar condiciones ricas en materia orgánica y pobres en oxígeno que promueven una alta producción y emisión de metano.

Según Emily Stanley, del Centro de Limnología de la Universidad de Wisconsin-Madison y coautora del artículo, “la investigación muestra que, desde la perspectiva del cambio climático, hay que preocuparse más por los sistemas en los que los humanos crean circunstancias que producen metano que por los ciclos naturales de producción de este gas”.

La información que aporta el estudio, confirmando que los ríos son una importante fuente de metano en la atmósfera a nivel global e identificando los principales procesos que impulsan las emisiones, puede ayudar a intervenir ante el cambio global.

La restauración de ecosistemas fluviales que han sido modificados por las actividades de los seres humanos podría ser un enfoque para reducir las emisiones de metano y mitigarlo.

La investigación ha sido posible gracias a la colaboración, a lo largo de años, de investigadores de la Universidad de Umeå (Suecia), la Universidad de Ciencias Agrícolas de Suecia, la Universidad de Wisconsin-Madison y la de Yale (USA).

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