El cuarto de un hospital, donde acompaña a su hija de 29 años con COVID-19, es un buen lugar para hablar de la huerta en el barrio Navarra (Bello). Eso piensa doña Nancy Ortega, una líder ambiental que desde niña decidió ponerle a la vida el color de las flores entre las que creció en la finca de Tierralta, departamento de Córdoba.

Cuando llegó a Medellín, a los doce años, ya no contaba con terrenos grandes para sembrar cuanta semilla se le aparecía en frente como en su primer hogar, pero dice que eso no le quitó la vocación florera. Mientras que la vida le guardaba su próxima sorpresa, doña Nancy se entretenía sembrando en las materas de la casa.

Un profesor de escuela, que hoy lucha contra el COVID-19 en una UCI, le contagió en ese entonces a doña Nancy, las ganas de cultivar hortalizas. Fue algo inesperado pues ella solo había sembrado flores. Eso pasó hace 16 años, juntos sacaron adelante la huerta del colegio. Desde entonces, el Área Metropolitana del Valle de Aburrá, algunas empresas privadas y el municipio de Bello, le han ayudado con herramientas, insumos y capacitaciones que le dan la posibilidad de mantener en pie, incluso en los momentos de confinamiento más estricto, ese paraíso de legumbres, que cada dos meses produce más de 40 paquetes de alimentos para las familias del barrio, y mucha verdura vendida al menudeo, que les sirve para comprar nuevas semillas.

Doña Nancy es coordinadora del grupo de vigías ambientales de CUIDÁ de Navarra, y aunque estos grupos se enfocan en el cuidado de cuencas, ella dice que ha innovado introduciendo como foco principal la seguridad alimentaria, sin descuidar su afluente, la quebrada La Guacamaya. Explica que espera al profesor que la contagió con este “cuento”, para que puedan cumplir un sueño común: mostrar en televisión nacional su ecohuerta, y contarle a Colombia una historia similar a la multiplicación de los panes, pero que allí sucede con hortalizas.

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