Los burros salvajes, una especie invasora en el Valle de la Muerte californiano (Estados Unidos), se convirtieron en comida para los pumas que pueblan esa zona, según documentó por primera vez un estudio que asegura que, en contra de lo que se creía, esta población de asnos puede tener algunos efectos positivos en el ecosistema.

Introducidos inicialmente en Norteamérica por los españoles, los burros se popularizaron en este área del suroeste de Estados Unidos durante la «fiebre del oro», en el siglo XIX, cuando los mineros los utilizaron de forma muy habitual en su trabajo.

Los animales que escaparon o fueron abandonados se adaptaron al desierto californiano y, con el paso del tiempo, su población se multiplicó hasta los miles de ejemplares que se cree que hay ahora en todo el Parque Nacional del Valle de la Muerte.

Según el Servicio de Parques Nacionales, los burros dañan la vegetación nativa y los manantiales y compiten por recursos con especies nativas, por lo que desde hace décadas el objetivo ha sido eliminar esa población.

Sin embargo, en un estudio reciente, el experto Erick Lundgren defiende que la realidad no es tan simple, pues los burros se convirtieron en presa del puma, protegido en California, y los daños que causa son muy limitados en zonas donde ese depredador está presente.

«Mi esperanza es que el Parque responda haciendo su propia investigación y se dé cuenta que eliminar los burros es mucho más complejo y tendrá todo tipo de consecuencias no buscadas», explicó este martes a Efe este investigador de la universidad de Aarhus, en Dinamarca.

Las primeras imágenes

Con cámaras instaladas en varios puntos, Lundgren logró por primera vez imágenes de pumas cazando burros salvajes y, en el estudio de los restos, documentó cómo en ciertas zonas los asnos parecen haberse convertido en el principal alimento de estos felinos.

Al mismo tiempo, su estudio apunta que en esas áreas donde viven bajo la amenaza de los pumas, los burros derivan sus comportamientos, haciéndose mucho más «cuidadosos» y, en consecuencia, reduciendo de forma muy importante el daño que causan en la vegetación y los manantiales.

Según Lundgren, los sitios donde se ven los impactos más negativos se concentran en zonas que son artificialmente seguras para los burros por la presencia de humanos, que alejan a los depredadores.

Una nueva red ecológica

«Los burros salvajes y los pumas parecen estar vinculados en una red ecológica emergente», señala el estudio, que recuerda que durante gran parte de la historia los pumas convivieron en el continente americano con grandes equinos hoy extintos.

Así, el investigador apunta que la situación en el Valle de la Muerte puede resultar positiva para la conservación, tanto de pumas como de burros, que están amenazados en sus hábitats originales de África.

«Estoy bastante seguro de que los burros están haciendo aumentar la población de pumas en esas áreas, pero no he analizado los datos. Los pumas son muy poco habituales en áreas sin asnos», explica Lundgren.

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