Después de 30 años de firmar el Acuerdo de Madrid, que estableció una moratoria de 50 años sobre las actividades mineras en la Antártida, las amenazas persisten sobre el último continente virgen del planeta, en particular el incremento de las temperaturas por el cambio global y la intensificación de las actividades pesqueras.

“La Antártida es fundamental para la biosfera -la capa que alberga la vida en la Tierra-, porque actúa como neutralizador de las oscilaciones climáticas y como equilibrador de los procesos físicos tanto de la atmósfera como de los océanos”, explica el investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Fernando Valladares.

Además, “es un reservorio de agua dulce gigantesco cuyo equilibrio físico, químico y biológico interesa mantener por nuestra propia supervivencia”, y que representa una suerte de “almacén de frío en un contexto de cambio climático”, añade el científico.

Este fenómeno global “afecta a todos los organismos antárticos”, asegura Valladares, que describe “movilizaciones forzosas de colonias de pingüinos, fluctuaciones en el krill -una especie de crustáceos diminutos que sostiene la cadena trófica-”, e incluso facilita “la expansión de especies exóticas invasoras como plantas, invertebrados y microorganismos.

Aunque en 1991 “la amenaza de la minería fue el catalizador de la protección ambiental de la Antártida”, el Protocolo de Madrid “sólo afecta al continente y no protege las aguas circundantes”, que constituyen “el gran reto” del continente blanco, asegura la responsable de biodiversidad de Greenpeace, Pilar Marcos.

Las dos conferencias del Tratado Antártico que se celebraron en Madrid lograron poner de acuerdo a todos los socios sobre la minería en el continente blanco, entonces el cambio climático se consideraba “un problema menos apremiante hace 30 años” pero actualmente el ascenso térmico “tiene impactos evidentes en la fauna local”, ya que en una expedición de Greenpeace realizada el año pasado a la isla Elefante -islas Shetland del Sur- “constatamos una reducción del 77 % en el número de efectivos desde 1971”.

Marcos asegura que “el aumento de las precipitaciones en forma de lluvia asociadas al cambio climático” está “diezmando a los pollos de pingüino” porque “el plumón de las crías es resistente a la nieve pero no a la lluvia”, lo que ocasiona “una alta mortalidad por hipotermia”.

El ascenso térmico también está provocando “el afloramiento de gramíneas”, una transformación que “reverdece artificialmente el entorno debido a la vegetación”, que prospera gracias a unas primaveras más suaves.

Además del cambio global, Marcos ha destacado las nuevas actividades pesqueras que han aparecido en la Antártida, “especialmente la de krill”, las cuales están “debilitando el equilibrio natural”.

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